En el siglo XV, los artistas del norte adoptaron el naturalismo para abordar sus obras. Las historias sagradas del Antiguo y del Nuevo Testamento pasaron a ocupar en sus tablas escenas de la vida cotidiana. Los encargos de monasterios, gremios, cofradías y familias acaudaladas, impulsaron en el Renacimiento la demanda de imágenes de devoción de los artistas flamencos. Estos pintores de los Países Bajos buscaron la verdad a través de la observación minuciosa de la naturaleza y el estudio meticuloso de la luz. Lo sagrado pasó a representarse en salones y alcobas, al calor de chimeneas, a cielo raso o junto a ventanas que desvelan el aire del tiempo reflejado en paisajes y ciudades idealizadas. Para alcanzar su arte, para rozar la vida, emplearon su virtuosismo en recrear cada pequeño detalle, mostrándonos su arquitectura, la belleza serena del objeto cotidiano y la profundidad psicológica de las personas con un realismo sobrecogedor. La técnica por ellos desarrollada, la pintura al óleo, sirvió a los fines de estos artistas preciosistas que aplicaban capas y texturas que permitían realizar delicados efectos y veladuras con una finura en el detalle antes nunca vistos.

En la Colección Gerstenmaier destacan, por la riqueza de sus temas, no sólo las obras de devoción, sino también los bodegones, que aparecen como género independiente en el siglo XVI, más por celebrar la naturaleza y los placeres de la vista, que por hacernos reparar en la fugacidad de la belleza y en la impermanencia de la vida. La retratística, también presente, plasma la condición inefable del ser humano. Los retratos de Jean Charles de Cordes y Jacqueline Caestre nos ayudan a subrayar la dignidad de esas miradas indagadoras que ahora se enfrentan por breve espacio a las nuestras. Esta exposición recoge, por consiguiente, uno de los fondos de arte flamenco más valiosos del coleccionismo privado en España. El riguroso estudio de las obras expuestas ha estado al cuidado del Instituto Moll, dirigido por el profesor Matías Díaz Padrón. Los cuadros que podremos ver hasta finales de junio son una prueba de cómo la búsqueda incansable de la belleza define a Rodolfo Gerstenmaier, una persona que ha construido desde su mirada para el disfrute de los demás.

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