El cuerpo expresa siempre el espíritu del que es envoltura –decía Auguste
Rodin–. Y para el que sabe ver, el desnudo ofrece el significado más rico. A los
24 años, el artista había afinado la observación para sus técnicas de dibujo y
modelado con los cursos de Anatomía. En realidad, lo humano estuvo siempre
en el centro de su interés.
Fue coleccionista de antigüedades griegas y romanas, muchas de ellas ya
mutiladas: cabezas, torsos, brazos, piernas, pies, orejas, manos, que conocía
como el mejor médico. En su taller los ‹‹retazos›› –abattis, como los
llamaba en francés– se encontraban por centenas. Rodin advertía: ¿Cómo
podría conmovernos la alegría o la pena de un objeto inerte –una masa de
piedra–? La ilusión de la vida se obtiene en nuestro arte por un buen modelado
y movimiento.
Trabajando en La puerta del Infierno desarrolló un profundo estudio de las
pasiones. Ensayó desmembrar y volver a reunir partes de cuerpos para
formar nuevos personajes o grupos. A este procedimiento de creación lo
llamó ensamble, imaginación poética e infinita. Realizó esculturas vanguardistas
a partir del fragmento: convirtió manos y torsos en consumadas
obras expresivas; les confirió vigor. Alrededor de 1885, motivado con
la comisión de Los burgueses de Calais, trabajó manos masculinas, como la
Mano crispada, que responden más bien a un interés naturalista y expresivo
que alegórico. En cambio, hacia 1910, otras obras, como La catedral, serán
expresamente simbólicas.
Alrededor de 1906, y durante la siguiente década, para el ya viejo Rodin la
danza moderna será una apreciable fuente de indagación sobre el movimiento.
Trabajó con extraordinarias figuras de este arte, como Isadora Duncan,
Loïe Fuller y Nijinsky, y también fue sorprendido por las danzantes camboyanas.
Si las manos de su última época se vuelven apacibles, las bailarinas
están modeladas con ímpetu. |