Después de las vicisitudes del proceso con Geertje, se agravan los problemas económicos de Rembrandt, debido también a sus excesivos gastos. Se estabiliza su relación con Hendrijke pero no se puede casar con ella puesto que perdería le herencia de Saskia. Tienen una hija ilegítima, Cornelia, que nace en 1654 y Hendijke tiene problemas con la iglesia calvinista por vivir en concubinato.
A pesar de todos estos problemas personales, Rembrandt sigue trabajando intensamente en la pintura y el grabado. Hace varios retratos grabados de mucha calidad y varias estampas religiosas de gran intensidad como Cristo predicando, El Entierro y El Descendimiento bajo la antorcha y dos grandes estampas, de las que hace varios estados con grandes diferencias: El Gran Ecce Homo y La Crucifixión. Utiliza distintos modos de estampación y diferentes papeles para los mismos grabados, consiguiendo resultados diferentes.
Finalmente, en 1656, el artista se tuvo que declarar insolvente frente a sus deudas y abandonar su casa, instalándose en el humilde barrio de Rozengracht. Se hizo un inventario de sus bienes, por el que se conoce su importante colección de obras artísticas y Hendrijke y Titus formaron una empresa de comercio de cuadros y le contrataron para que pudiera seguir vendiendo sus obras.
Desgraciadamente, en 1663 falleció Hendrijke, con solo 37 años, y tuvo que ser Titus el que siguiera con la empresa de arte. En estos últimos años, Rembrandt abandona casi el grabado y se dedica mucho más a la pintura con cuadros muy emotivos como El regreso del hijo pródigo del Museo del Ermitage.
En 1668 Titus se casa, pero fallece ese mismo año, naciendo poco después su hija póstuma, Titia. Estas desgracias terminan con la salud de Rembrandt que fallece en 1669 a la edad de 63 años.
